Casos de Estudio y Análisis

Guerra cognitiva: origen y evolución de un concepto en disputa

Interactivo · Cronología
Sesenta años de guerra por la mente

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Qué es (y qué no es) la guerra cognitiva

No existe una definición oficial compartida, y esa es la primera dificultad. En su uso más riguroso, la guerra cognitiva designa el intento sistemático de un actor de alterar cómo percibe, interpreta y decide una población o sus dirigentes, para obtener una ventaja estratégica sin necesidad de un conflicto armado abierto, o como complemento de él.

La diferencia con conceptos más antiguos es sutil pero real. La propaganda busca que creas algo. Las operaciones psicológicas tradicionales se dirigen sobre todo a fuerzas militares en un teatro de operaciones. Las operaciones de información se centran en los contenidos y los canales. La guerra cognitiva apunta más abajo: no tanto a lo que piensas como a la forma en que llegas a pensarlo. Explota sesgos, emociones, confianza en las instituciones y relaciones entre grupos. Y se dirige a toda la sociedad, de forma continua, en tiempo de paz.

Lo que no es: cualquier mensaje con el que no estamos de acuerdo, la publicidad política legítima o la crítica a un gobierno, aunque venga de fuera. La guerra cognitiva requiere un actor estratégico, una intención de dañar o condicionar a otro y, casi siempre, algún grado de ocultación sobre quién está detrás.

Tres tradiciones

La tradición soviética y rusa: manipular decisiones

La raíz más antigua es soviética. En los años sesenta, Vladimir Lefebvre formuló la teoría del control reflexivo: transmitir a un adversario información cuidadosamente elegida para que, razonando por su cuenta, llegue a la decisión que conviene a quien lo manipula (Thomas, 2004). La idea es más sofisticada que mentir: se trata de moldear las premisas del razonamiento del otro, no su conclusión.

En la práctica, esa tradición se tradujo en las medidas activas de la Guerra Fría. La más conocida, la operación INFEKTION, difundió durante años la falsedad de que el VIH había sido creado en un laboratorio militar estadounidense. Se sembró en un periódico indio en 1983 y fue reciclada por medios de decenas de países (Boghardt, 2009). Sus ingredientes siguen siendo los de hoy: paciencia, intermediarios que lavan el origen y una narrativa que explota una desconfianza real.

Conviene, sin embargo, no atribuir a Rusia una coherencia doctrinal mayor de la que tiene. El caso de la llamada «doctrina Gerasimov» es ilustrativo: un artículo de 2013 del jefe del Estado Mayor ruso se popularizó en Occidente como el manual de la guerra híbrida rusa, hasta que el propio analista que acuñó la etiqueta, Mark Galeotti, admitió que la expresión exageraba lo que el texto decía (Galeotti, 2018). Los conceptos sobre la guerra cognitiva también son objeto de guerra cognitiva.

La tradición china: la mente como espacio de superioridad

China incorporó en 2003 a su doctrina las «Tres Guerras»: la guerra de opinión pública, la psicológica y la jurídica, concebidas como un conjunto destinado a condicionar el entorno de un conflicto antes de que se libre. A partir de ahí, los escritos militares chinos han ido desarrollando un concepto más ambicioso, las operaciones en el dominio cognitivo.

Su objetivo declarado es la «superioridad mental» (制脑权), presentada como la fase siguiente a la superioridad marítima, aérea y de la información. Es decir, la capacidad de moldear o controlar el pensamiento y las decisiones del adversario, desde la opinión pública en tiempo de paz hasta los dirigentes en tiempo de guerra (Beauchamp-Mustafaga, 2019). Hay un matiz revelador: parte de esa literatura nace como respuesta defensiva, vinculando internet y las redes sociales con el temor a las «revoluciones de colores». Para Pekín, la guerra cognitiva es tanto un arma como una amenaza interna.

La tradición occidental: del dominio cognitivo a la cohesión aliada

Hay una ironía en la historia del concepto: la expresión «dominio cognitivo» procede del pensamiento militar estadounidense. El informe del Departamento de Defensa de 2001 sobre la guerra centrada en redes ya distinguía un dominio cognitivo, donde se forman las percepciones y se toman las decisiones, junto al físico y al de la información. Los analistas chinos citaron después esa fuente al desarrollar su propio concepto.

En el ámbito de la OTAN, el texto que popularizó la expresión fue el informe Cognitive Warfare, elaborado en 2021 por François du Cluzel para el Innovation Hub del Mando Aliado de Transformación. Planteaba que la mente humana se ha convertido en un campo de batalla en sí mismo. Desde entonces, la Alianza ha avanzado hacia un concepto propio: en 2024 el Mando Aliado de Transformación anunció su Concepto de Guerra Cognitiva, orientado a contrarrestar amenazas que buscan erosionar la cohesión, la confianza y los valores democráticos por debajo del umbral del conflicto armado.

La diferencia de enfoque es significativa. Donde la tradición china habla de superioridad sobre la mente del adversario, el discurso aliado se formula sobre todo en términos de protección de la propia sociedad. Que esa distinción se mantenga en la práctica es una de las preguntas abiertas del debate.

Por qué ahora

Si las ideas son antiguas, ¿por qué el concepto ha estallado en la última década? Tres cambios lo explican. Primero, las plataformas digitales han eliminado los intermediarios que antes filtraban el acceso a grandes audiencias: lo que a INFEKTION le costó años, hoy se intenta en semanas. Segundo, los datos permiten segmentar audiencias por sus miedos, identidades y sesgos con una precisión impensable en la Guerra Fría. Y tercero, la inteligencia artificial generativa ha abaratado la producción de contenido hasta hacerla casi gratuita.

Pero el factor decisivo sigue siendo humano. Las operaciones más eficaces no fabrican conflictos, sino que amplifican los que ya existen. La investigación sobre la Internet Research Agency rusa mostró que su principal objetivo en 2016 no era imponer una idea, sino agudizar la polarización con cuentas falsas en ambos extremos del espectro político (Mueller, 2019). La vulnerabilidad que explotan es nuestra: la tendencia a creer lo que confirma nuestra identidad de grupo y a desconfiar de lo que la cuestiona.

España: el marco institucional

España aborda la cuestión desde el sistema de Seguridad Nacional, sin utilizar oficialmente la expresión «guerra cognitiva». Las piezas principales son tres. La Ley 36/2015 de Seguridad Nacional y la Estrategia de Seguridad Nacional de 2021, que identifican las campañas de desinformación como una amenaza. El Procedimiento de actuación contra la desinformación, aprobado en 2020, que establece cómo detectar, analizar y responder a campañas coordinadas, con el Departamento de Seguridad Nacional como eje. Y el Foro contra las campañas de desinformación en el ámbito de la Seguridad Nacional, creado en 2022 como espacio de colaboración público-privada, con representantes ministeriales y diez miembros de la sociedad civil, el mundo académico y el sector privado.

El marco ha tenido críticos desde el principio. La publicación del procedimiento de 2020 provocó un debate intenso: para unos era una herramienta necesaria y homologable a las de otros países europeos; para otros abría la puerta a que el Gobierno decidiera qué información es legítima. Ese debate no es un estorbo, sino parte de la defensa: un sistema de protección frente a la manipulación solo es creíble si es transparente, se centra en el comportamiento coordinado y la injerencia extranjera, y no en opiniones, y está sometido a control.

Los riesgos del propio concepto

Un concepto tan amplio tiene peligros propios, y conviene nombrarlos.

Conclusión: la defensa está en la sociedad

Si la guerra cognitiva se dirige a toda la sociedad, su defensa no puede ser solo militar ni solo gubernamental. Los países que mejor resisten no son los que más desmienten, sino los que tienen instituciones en las que se confía, medios de comunicación sólidos, una ciudadanía capaz de reconocer las técnicas de manipulación y un debate público que tolera el desacuerdo sin convertirlo en enemistad. Esa es, en el fondo, la paradoja del concepto: la mejor protección frente a la guerra por la mente es una democracia que funcione bien.

Fuentes

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